28.6.11

La queremos como a nadie. Es lo mas grande que tenemos.


La tiemblan las entrañas y hasta las rodillas, y amenazan con tirarla al suelo a la hora de despedirse, y aunque hace tiempo que ha aprendido a caer sobre sus propios pies, esta vez tiene la bonita certeza de que siempre van a estar ahí para ayudarla a levantarse, y despedirse de ella una vez más. Y mil. Cuando se fue, uno de sus muchos miedos era perder eso: los momentos junto a ellas. Le aterraba la idea de volver a Casa y que nadie la estuviera esperando; pero como ya he dicho en alguna ocasión, las cosas que dan miedo, generalmente, suelen valer la pena. Y hoy M.A. escribe en la pared de su habitación: Ha valido la pena. Y luego continúa llenando de trastos su maleta para marcharse una vez más. Siempre es ella la que se va, pero las demás, las se quedan, nunca se cansan de esperar a que vuelva. Nunca antes había valorado pequeñas cosas insignificantes, nunca antes hasta que ocurrió. Cuando todo era oscuro y gris, aparecieron manos invisibles que apretaron la suya con fuerza, a kilómetros de distancia, y se quedaron a su lado cada día, a kilómetros de distancia. Esas manos, las manos invisibles, las que se quedan a su lado, son las que convierten ahora en siempre. Son por las que vuelve cada vez.
Querer a distancia no es fácil, es el reto más difícil al que se han enfrentado. Y se pregunta si dentro de cuatro años la seguirán queriendo igual... entonces recuerda que son tan bonitas por dentro que casi se le olvida lo bonitas que son fuera, y que siempre ha habido alguien esperándola en esta ciudad.
La distancia es la que le ha demostrado que siempre estarán ELLAS esperándola para sentarse delante de ella en un lugar cualquiera. Que hace falta mucho más que kilómetros para conseguir que dejen de esperarla.
Y que siempre serán las últimas en abandonar la fiesta.
Te quiero.

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